Siempre he pensado que cumplir años no requiere de grandes artificios ni de restaurantes con listas de espera interminables. Este año, el cuerpo me pedía algo distinto, algo más auténtico y desenfadado. Así que decidí cambiar los manteles de hilo y las reservas con meses de antelación por la honestidad rotunda de un buen restaurante menú del día Monte do Gozo.
Alejarse un poco de la rutina en Vigo y acercarse a ese punto neurálgico donde los peregrinos divisan por primera vez las torres de la catedral de Santiago tiene una magia especial. Llegamos a la hora de comer, mi mujer y yo, buscando exactamente lo que encontramos: un comedor amplio y bullicioso, olor a guiso casero y esa camaradería silenciosa que se forma entre viajeros cansados y locales que saben bien dónde se come de verdad. Era el refugio perfecto para desconectar de las pantallas, de las auditorías técnicas y de los clientes, al menos por unas horas, y simplemente disfrutar del presente.
Sentados a la mesa, el ritual fue rápido y efectivo, como debe ser en estos sitios. El camarero, libreta en mano y con una sonrisa franca, nos cantó los primeros y los segundos a viva voz. Nada de descripciones poéticas ni emplatados minimalistas; aquí las cosas se llaman por su nombre. De primero, pedí un caldo gallego de los que resucitan a los caminantes, espeso, con su toque justo de unto y la verdura en su punto exacto. El calor del plato reconfortaba, casi como un abrazo que te recuerda que estás sumando un año más en el calendario, pero que la esencia de las cosas buenas sigue intacta.
Mientras apurábamos el vino de la casa, servido sin ceremonias, observaba el ambiente. Había mochilas apoyadas en las sillas, bastones descansando en las esquinas y un murmullo constante en varios idiomas. Celebrar mi cumpleaños rodeado de gente que está a punto de culminar un viaje tan vital le daba a mi propia celebración un aire de meta cumplida. Al fin y al cabo, cumplir años es ir cerrando etapas y abriendo caminos nuevos.
De segundo, la elección fue fácil: un buen filete con patatas. Patatas gallegas de verdad, fritas en su punto, crujientes por fuera y tiernas por dentro. La comida invitaba a la sobremesa larga, a la charla sin prisas sobre nuestros propios planes, saboreando el momento lejos del ruido digital de cada día.
El broche final fue, cómo no, un flan casero y contundente. No hubo velas con chispas ni coros de camareros cantando, y lo agradecí enormemente. Solo un postre tradicional, un café solo bien cargado y la satisfacción absoluta de estar exactamente donde quería estar.
Salir de allí y dar un paseo por los alrededores del monumento en el Monte do Gozo, con el estómago lleno y la brisa fresca en la cara, fue el mejor de los regalos. A veces, el verdadero lujo es permitirse la sencillez de un menú del día, en la mejor compañía y en un lugar donde el tiempo camina a otro ritmo.