Por qué no pisar las dunas es vital para salvar este tesoro costero

Lo que parece una pequeña montaña de arena cubierta de hierbas es, en realidad, una de las estructuras naturales más importantes de las Islas Cíes. Miles de personas desembarcan cada verano junto a la playa de Rodas, se quedan impresionadas con su enorme arenal blanco y se acercan al agua sin reparar demasiado en la vegetación que crece detrás. Sin embargo, esa franja de plantas aparentemente desordenadas tiene una misión fundamental: impedir que el viento se lleve parte de la arena y ayudar a que la playa mantenga su equilibrio natural. La conservación de playa de Rodas depende en buena medida de proteger ese sistema dunar que actúa como una barrera dinámica frente a los temporales y que, además, constituye uno de los ecosistemas más delicados del Parque Nacional de las Islas Atlánticas.

Rodas tiene una característica geográfica que la convierte en un lugar extraordinario. Su enorme arco de arena se extiende entre las islas de Monteagudo y Faro, formando una conexión natural que parece dibujada cuidadosamente sobre el mar. A un lado se encuentra la playa abierta hacia la ría de Vigo y, al otro, la laguna conocida como Lago dos Nenos, un espacio de aguas someras que mantiene comunicación con el entorno marino. Esta disposición crea un paisaje muy particular, donde una estrecha barrera arenosa separa ambientes que funcionan de manera diferente. Lo que vemos desde la orilla es el resultado de miles de años de interacción entre el oleaje, las corrientes, el viento y los sedimentos que se acumulan y redistribuyen continuamente.

La arena de una playa nunca está completamente quieta. Aunque desde nuestra toalla parezca que todo permanece en el mismo lugar, cada racha de viento puede transportar pequeños granos hacia el interior, mientras las olas desplazan sedimentos siguiendo diferentes direcciones. Durante los temporales, el mar puede retirar grandes cantidades de arena de la zona emergida y trasladarlas hacia sectores sumergidos. En periodos de condiciones más tranquilas, parte de ese material puede regresar progresivamente a la playa. Las dunas participan en ese intercambio como depósitos naturales de sedimentos, capaces de almacenar arena y contribuir a la recuperación del sistema costero después de determinados episodios de erosión.

Aquí entra en escena la vegetación dunar, que hace un trabajo impresionante sin llamar demasiado la atención. Algunas plantas especializadas soportan condiciones que resultarían muy difíciles para otras especies: suelos pobres en nutrientes, exposición constante al viento, salinidad elevada y periodos de sequedad. Sus raíces y tallos subterráneos ayudan a fijar los sedimentos, mientras las hojas y estructuras aéreas frenan el viento cerca del suelo. Cuando una corriente de aire cargada de arena encuentra un grupo de plantas, pierde parte de su capacidad de transporte y deposita algunos granos alrededor de la vegetación. Con el paso del tiempo, esa acumulación favorece el crecimiento y la estabilización de las dunas.

Una de las especies características de estos ambientes es el barrón, una gramínea adaptada a vivir en arenas móviles. Su capacidad para desarrollar sistemas de raíces y rizomas permite mantener cierta estabilidad incluso cuando los sedimentos cambian de posición. En las zonas dunares más consolidadas también pueden encontrarse otras plantas adaptadas a las particularidades del suelo y de la exposición marítima. Algunas presentan hojas pequeñas o resistentes para reducir la pérdida de agua, mientras otras desarrollan estructuras que les permiten sobrevivir bajo condiciones de salinidad difíciles. Todo ese conjunto vegetal funciona como una red natural que ayuda a mantener la arena en su sitio, aunque la playa continúe evolucionando con el paso de las estaciones.

El problema aparece cuando alguien decide atravesar las dunas para llegar antes al agua. Puede parecer un gesto insignificante, sobre todo si la vegetación es baja y el recorrido apenas tiene unos metros. Sin embargo, las plantas dunares no están preparadas para soportar un pisoteo continuo. Una sola persona puede doblar tallos, dañar brotes o compactar ligeramente la arena alrededor de las raíces. Cuando ese comportamiento se repite cientos de veces, empiezan a formarse corredores sin vegetación que facilitan la acción erosiva del viento. La desaparición de la cubierta vegetal deja zonas de arena expuestas, favorece la formación de pequeños surcos y puede desencadenar procesos de degradación difíciles de corregir.

La situación se agrava porque los daños no siempre son visibles inmediatamente. Una planta aplastada puede conservar parte de su color verde durante algunos días, aunque sus tejidos hayan sufrido lesiones importantes. La compactación del suelo también modifica las condiciones para el desarrollo de nuevas raíces y dificulta la germinación de ciertas especies. Si el tránsito continúa, la vegetación pierde progresivamente capacidad de recuperación. El impacto acaba extendiéndose a sectores próximos porque los visitantes tienden a seguir los caminos abiertos por otras personas. Así, un atajo aparentemente inocente puede convertirse con el tiempo en una auténtica cicatriz sobre la duna.

Por eso las pasarelas de madera que encontramos en determinados sectores protegidos no son un simple complemento turístico ni una decisión decorativa. Su función consiste en concentrar el tránsito de personas sobre recorridos preparados para soportarlo, evitando que miles de visitantes atraviesen directamente la vegetación. En los puntos donde están habilitadas, también facilitan el desplazamiento y ayudan a identificar los accesos autorizados. Los senderos delimitados y los cierres de protección cumplen una función semejante, aunque no todos los recorridos disponen necesariamente de pasarelas elevadas. Lo importante es respetar el itinerario establecido en cada zona y comprender que una barrera de madera o una cuerda protectora suele estar allí por razones ambientales muy concretas.

Detrás de la barrera arenosa aparece otro protagonista fundamental: el Lago dos Nenos. Esta laguna interior constituye un ambiente singular porque mantiene intercambios de agua con el mar y presenta unas condiciones diferentes a las de la playa abierta. Su escasa profundidad y la presencia de zonas protegidas favorecen la existencia de comunidades biológicas adaptadas a ese entorno. Para numerosos organismos pequeños, los espacios someros pueden proporcionar alimento, refugio y condiciones adecuadas durante determinadas fases de su desarrollo. La laguna también forma parte del paisaje ecológico del archipiélago y contribuye a la diversidad de hábitats que caracteriza a las Islas Cíes.

La conexión entre la laguna y el mar permite el intercambio de agua, sedimentos y organismos, aunque las condiciones varían con las mareas y otros factores ambientales. En este tipo de ecosistemas, pequeños cambios de salinidad, temperatura o concentración de oxígeno pueden modificar la distribución de las especies. Los peces y pequeños invertebrados aprovechan las particularidades del hábitat, mientras la vegetación y las comunidades microscópicas participan en los procesos naturales que mantienen su funcionamiento. La laguna no es una piscina interior creada para el baño, sino un espacio ecológico sensible que debe contemplarse desde los lugares autorizados.

La protección de Rodas también tiene consecuencias para las aves que utilizan las islas. El Parque Nacional alberga importantes colonias de aves marinas, entre ellas la gaviota patiamarilla y el cormorán moñudo, además de otras especies vinculadas a distintos ambientes costeros. Aunque no todas dependen directamente de las dunas o de la laguna, la conservación del conjunto de hábitats favorece la diversidad ecológica del archipiélago. Los insectos asociados a la vegetación dunar, los pequeños invertebrados y las comunidades que viven entre los sedimentos forman parte de una red de relaciones que resulta mucho más compleja de lo que puede parecer al observar una playa desde la distancia.

Las dunas también desempeñan una función importante frente a los temporales. Cuando las olas alcanzan sectores elevados de la playa, parte de la arena acumulada puede incorporarse temporalmente al sistema litoral. Una duna bien desarrollada funciona como una reserva sedimentaria y proporciona cierta protección al terreno que se encuentra detrás. Eso no significa que sea una muralla capaz de detener cualquier temporal, porque los episodios intensos pueden provocar erosiones importantes incluso en sistemas naturales saludables. Su ventaja reside en la capacidad de participar en los procesos de recuperación, siempre que disponga de suficiente arena y vegetación para mantener su funcionamiento.

El cambio climático introduce dificultades adicionales. La subida del nivel medio del mar y las posibles modificaciones en los patrones de temporales pueden aumentar la presión sobre determinados sistemas costeros. Las dunas necesitan espacio para desplazarse y adaptarse a las condiciones cambiantes, algo que no siempre resulta posible cuando existen construcciones o infraestructuras demasiado próximas. En Rodas, la protección de los hábitats y la regulación de los usos humanos contribuyen a reducir presiones evitables sobre un entorno que ya está sometido a la dinámica natural del océano.

La gestión de visitantes desempeña por tanto un papel fundamental. Las Islas Cíes forman parte de un parque nacional donde el acceso está regulado y determinadas actividades deben realizarse siguiendo normas específicas. Esta protección busca compatibilizar el disfrute público con la conservación de ecosistemas frágiles. La administración del parque ha identificado históricamente el pisoteo como uno de los impactos más relevantes sobre la vegetación de playas y dunas, especialmente en sectores como Rodas y Figueiras-Muxieiro. Respetar los caminos señalizados y las zonas restringidas permite reducir una presión que, acumulada durante toda la temporada turística, puede resultar considerable.

Hay comportamientos cotidianos que ayudan a cuidar la playa sin convertir la visita en una sucesión de prohibiciones. Instalarse únicamente en las zonas permitidas, evitar que las mochilas o toallas invadan los espacios vegetados y no utilizar las dunas como refugio improvisado frente al viento son gestos sencillos. También es importante no arrancar plantas ni remover sus raíces para hacer fotografías, porque algunas especies crecen lentamente y pueden necesitar mucho tiempo para recuperarse. Incluso la costumbre de abrir senderos alternativos cuando un camino está concurrido puede generar daños innecesarios sobre zonas especialmente vulnerables.

Quienes visitan Rodas con niños tienen una oportunidad excelente para explicar cómo funciona la naturaleza de una manera muy visual. Basta observar una pequeña acumulación de arena junto a una mata de vegetación para comprender que las plantas modifican el movimiento del viento. También se puede comparar una zona protegida y cubierta de vegetación con un sector de arena desnuda, siempre desde un recorrido autorizado, para entender las diferencias entre ambos ambientes. Este tipo de observaciones transforma una jornada de playa en una experiencia de aprendizaje sin necesidad de grandes explicaciones técnicas.

Cuando termina la tarde y muchos visitantes regresan al embarcadero, la playa recupera poco a poco una tranquilidad especial. La luz cambia sobre las dunas, las sombras de la vegetación se alargan y el viento continúa desplazando pequeños granos de arena que quedan atrapados entre los tallos. Es un proceso casi invisible para quien contempla el paisaje durante unos minutos, pero fundamental para la evolución de la barrera arenosa. Cada planta que permanece intacta sigue participando en ese delicado equilibrio, mientras los senderos y pasarelas permiten que las personas disfruten de uno de los paisajes más extraordinarios de Galicia sin necesidad de atravesar el espacio donde la naturaleza está haciendo su trabajo.