Los pinos, robles y castaños son omnipresentes en el monte gallego, configurando su imagen característica y sosteniendo su industria forestal-maderera, que por otra parte es una de las mayores potencias europeas. En general, las empresas que compran madera en Galicia demandan el pino marítimo, pinaster, resinero o simplemente gallego.
Esta especie maderera, tan abundante en Galicia y el noroeste de España, es apreciada por sus propiedades únicas: resistencia a la humedad, versatilidad, compatibilidad con multitud de climas, etcétera. Con el tratamiento adecuado, el pino garantiza una larga vida útil, motivo por el que se utiliza en carpintería, en packaging y en otros mercados.
Otro recurso forestal con una fuerte vinculación al monte gallego es el roble común o carballo. Las arboledas de esta frondosa supera los veinte metros de altura y sobresalen por su robustez. Para los expertos, el robledal es el pilar de la naturaleza de Galicia, pues su densidad y sombra resultan vitales para el desarrollo del sotobosque y otras especies.
La madera de roble es alabada por sus cualidades mecánicas, la densidad de sus fibras y su tolerancia a la humedad (la mayor parte de las carabelas y fragatas españolas que dominaron los mares en siglos pasados fueron diseñadas con esta madera).
En el paisaje gallego también proliferan bosques de castaño, con una fuerte presencia en los aserraderos de esta CC.AA. Durante siglos se utilizó en la elaboración de toneles destinados al transporte de vino, pero hoy sólo los güísquis irlandeses siguen utilizando, como antaño, la madera de esta fagácea. Se trata asimismo de una especie con mucha historia en el territorio gallego. De hecho, uno de los ejemplares más longevos de España se alza en parroquia de Rozabales en Lugo y supera el millar de años.
De todas las especies maderera, el abedul figura entre las que menos se explotan en la actualidad. Su producción, en franco detrimento, carece del respaldo comercial que este árbol caducifolio viene recibiendo en otros países europeos.