Rumbo al azul: El abrazo del Atlántico

El mapa dice que voy hacia el oeste, pero yo siento que voy hacia el origen. Hay un momento exacto en el viaje destino Rías Baixas en el que el aire cambia. Dejas atrás la meseta o el interior montañoso y, de repente, una humedad salina se cuela por las rendijas de la ventanilla. Es el aliento del Atlántico dándote la bienvenida.

Conducir por estas carreteras es ver cómo el paisaje se vuelve de un verde insultante. Pinos y eucaliptos se pelean por el espacio a los lados del asfalto, pero yo solo tengo ojos para el horizonte, esperando ese primer destello azul. Y entonces aparece. Quizás es al cruzar el puente de Rande, suspendido sobre la ría de Vigo como un gigante de acero, o tal vez al bajar hacia Arousa o Pontevedra. El agua aparece mansa, brillante, salpicada por esas inconfundibles bateas que flotan como botones oscuros sobre una tela de seda líquida.

Viajar a las Rías Baixas no es solo un desplazamiento físico; es bajar las revoluciones. Aquí el tiempo parece medirse por las mareas y no por el reloj. Mientras avanzo, veo los viñedos de Albariño trepando por pérgolas de granito, desafiando la gravedad y absorbiendo ese sol suave que luego estallará en la copa. Me imagino ya con los pies en la arena fina de la Lanzada o de Rodas, sintiendo ese frío vivificante del agua que te despierta el alma de golpe.

Voy buscando el contraste: la dureza de la piedra de los pazos y la suavidad de la bruma matinal; el olor a marisma y el sabor intenso de un pulpo o unas navajas recién pescadas. Hay algo en esta costa recortada, donde la tierra y el mar se entrelazan como los dedos de dos manos, que me hace sentir en casa aunque solo esté de paso.

El motor del coche sigue sonando, pero mi cabeza ya ha llegado. Ya escucho a las gaviotas, ya veo cómo la luz dorada del atardecer empieza a teñir las islas Cíes al fondo. Voy hacia el fin del mundo, o al menos, hacia el rincón más hermoso de él.