Nunca pensé que me pasaría algo así, pero hace unas semanas viví una experiencia bastante desagradable: me desapareció el reloj del vestuario habitual del gimnasio al que voy desde hace años. Es un sitio al que acudo varias veces por semana, donde conozco a parte del personal y me cruzo con muchas caras familiares. Por eso me cuesta aún más entender cómo pudo pasar.
Era un martes cualquiera. Como siempre, dejé mis cosas en la taquilla, cerré con candado y me fui a entrenar. No tardé más de una hora. Cuando volví, noté que el candado estaba aparentemente intacto. Pero al abrir, vi que faltaba mi reloj. No era uno de lujo, pero sí tenía un valor sentimental. Me lo regaló mi pareja hace dos años, y lo llevaba casi a diario. Era más que un accesorio: era parte de mi rutina.
Revisé todas mis cosas por si lo había guardado en otro sitio, pregunté en recepción, incluso pensé que quizá me lo había dejado en casa sin darme cuenta. Pero no. Había desaparecido. Al hablar con los encargados del gimnasio, fueron amables, pero me dejaron claro que no se hacían responsables por objetos guardados en las taquillas, algo que aparece en el cartel de la entrada, y que reconozco, he leído mil veces sin prestar atención.
Aun así, pedí si podían revisar las cámaras de seguridad, pero me informaron que no hay vigilancia directa en la zona de vestuarios, por razones de privacidad. Lo entiendo, aunque en ese momento me frustró muchísimo. Me sentí vulnerable. La idea de que alguien haya abierto mi taquilla sin forzarla o que incluso pudiera ser alguien que conozco de vista, me dejó una sensación extraña durante días.
Desde entonces, he cambiado mis hábitos. Ya no llevo objetos de valor al gimnasio. He comprado un candado más robusto, y hasta me planteé cambiar de centro, aunque finalmente decidí seguir, más por comodidad que por confianza. A veces necesitamos que nos pasen estas cosas para darnos cuenta de lo expuestos que estamos.
No he recuperado el reloj, pero aprendí una lección: la confianza no debería ir reñida con la precaución. Y que, aunque algo sea habitual y cotidiano, no está libre de lo inesperado.