Vivo en el centro de Bilbao. Y cuando digo «centro», me refiero a ese laberinto maravilloso y caótico de calles en Indautxu o Abando donde tener un coche se ha convertido más en una maldición que en una comodidad. Amo mi barrio; me encanta bajar de casa y estar en el meollo, tener la vida de la ciudad a mis pies. Pero cada día, sobre las seis o siete de la tarde, empieza la misma pesadilla: la vuelta a casa.
En mi barrio no hay donde aparcar. No es una exageración, es una realidad matemática. Las plazas de la OTA verde, supuestamente para residentes, están perpetuamente ocupadas. Las azules son prohibitivas para el día a día. Y las calles libres… simplemente no existen.
La rutina era siempre la misma: entrar en el barrio y empezar a dar vueltas. Una vuelta. Dos vueltas. Diez vueltas. Ves a los mismos coches dando vueltas contigo, todos con la misma cara de desesperación, en una especie de juego de las sillas musicales en el que siempre pierdes. He llegado a cronometrarlo: 40 minutos de media para encontrar un hueco, a menudo mal aparcado, lejos de casa, y rezando para no encontrarme una multa al día siguiente. Y eso en un día seco. Si llueve, lo cual en Bilbao es frecuente, la frustración se multiplica.
Llegas a casa agotado, enfadado, habiendo perdido casi una hora de tu vida en una tarea absurda. Empecé a evitar usar el coche. Me daba pereza sacarlo el fin de semana solo de pensar en la odisea que supondría volver a aparcarlo el domingo por la noche. El coche, que debería darme libertad, se había convertido en un ancla.
Así que he capitulado. He tomado la decisión de hacer algo que consideraba un lujo innecesario: reservar parking Bilbao centro. He buscado garajes cerca de casa y, aunque el precio es un golpe considerable a mi presupuesto mensual, he decidido que mi tiempo y mi salud mental valen más.
Estoy harto de pelear por un trozo de asfalto. Estoy cansado de la ansiedad que me genera saber que tengo que volver a casa. Quiero llegar, bajar al sótano, aparcar y subir a mi casa. Quiero que el coche vuelva a ser una herramienta de libertad y no una fuente de estrés. Alquilar esa plaza no es un capricho; en el centro de Bilbao, se ha convertido en la única forma de supervivencia si necesitas un vehículo. Es, simplemente, comprar paz.